Prólogo

Estamos transitando la segunda década del siglo XXI  y el ser humano continúa soñando con el paraíso en la tierra, la Arcadia, ese lugar legendario en donde todo es placer, goce y regocijo.

El hombre-afortunadamente todavía-lo que más desea es encontrar un lugar de equilibrio, de paz, de identificación con sus orígenes, con su más absoluta esencia.

Vassily Kandinsky en su libro “De lo espiritual en el arte” (1), editado por primera vez en 1911, afirma  que “toda obra es hija de su tiempo, muchas veces es madre de nuestros sentimientos”. Reflexiona también sobre “el principio de necesidad interior” y dice: “todo artista, como creador, ha de expresar lo que les es propio […] Todo artista, como hijo de su época, ha de expresar lo que le es propio a esa época […] Todo artista, como servidor del arte, ha de expresar lo que le es propio al arte en general”.Estas tres necesidades “místicas” serían los elementos necesarios para la existencia de una obra de arte y estarían interrelacionados.

El estilo personal y temporal crea en cada época muchas formas concretas. Toda época quiere reflejarse, expresar su vida artísticamente. El artista, a su vez, quiere expresarse y elige sólo las formas que le son espiritualmente afines. Expresa aquellas cosas que lo conmueven, que de alguna manera forman parte de su persona y de su estar en el mundo. Siente el impulso irrefrenable de expresar, de volcar hacia afuera todo aquello que conforma su ser.  Ese caudal de emociones adquiere forma, textura, color, ritmo: las paletas pueden ser estridentes, virulentas, intensas o pálidas y tenues, el color puede estar aplicado en gruesas capas con pinceladas rotundas y poderosas o tener una levedad casi etérea.

Todas las expresiones conviven sin conflictos generando un universo creativo vasto y rico que está en constante mutación.

En ese constante y agotador cuerpo a cuerpo con la muerte, la obra de arte, representa el estado de reconciliación con el paraíso perdido, es una apuesta contra el continuo devenir, un lugar de calma y sosiego al que finalmente se llega a través de la fascinante  experiencia de vivir.

Ana María Sciandro

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